Non Caelō Plus Ultra
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13 de octubre de 1393, Arsenale di Venezia, bóveda cuatro, a -65 m.s.n.m.1
Castello, Domini di Terraferma, República de Venecia


Una reunión solemne en la compañía de Leonzio Quattrucci se gestaba en las entrañas del Arsenal, un lugar sellado para el común de los mortales y acomodado para recibir a la estirpe de San Jorge en toda la comodidad que podía ofrecer un sitio renombrado en la república serena. Era una sede y base de operaciones central de la Cofradía en la región, y un enorme sitio comisionado directamente por el Vaticano bajo otro sitio, igual de impresionante, que almacenaba y manejaba el poderoso aparataje marítimo que era la esencia de vida misma en una nación de mercantes.

No obstante, un lugar tan bello e imponente como ese contrastaba violentamente con la información que surcaba indeleble por los puntos de escucha de los Caballeros. Asuntos preocupantes, sobre una aparente herejía que desolaba almas y se extendía lentamente, dejando íconos y lugares sagrados deteriorados y mancillados. En los puertos, podían oírse conversaciones sobre buenos hombres y mujeres, azotados por revelaciones poderosas, que lo dejaban todo para morir en lo profundo del mar, tan aislados del exterior como les era posible. De particular interés era que acaecía sobre nobles, comerciantes, maestros de gremios y otra gente adinerada e influyente, en diferentes lugares y reinos. Por todo el mare nostrum se contaban esas historias, y los activos de las altas esferas eclesiásticas hacían lo que estaba en su poder para contrarrestar la difuminación de esta sensible información, no fuera que pudiera inspirar conspiraciones y engaños en una nación enraizada en los valores cristianos.

Allí, en este lugar férreamente resguardado, la Cancillería Apostólica entregaba esta información, en un tono de preocupación e incertidumbre inusuales, incluso para los mismos Caballeros. Un enviado y su corte, entregaba a Leonzio un documento con información oficial y confidencial, escrita en la clásica littera Sancti Petri2 que solo se veía clara como el agua ante los ojos de un Caballero.

El enviado relataba, mientras se desglosaba el pergamino, sobre cómo se manifestaban estos delirios en sus víctimas. Comenzando con fiebres nocturnas, sudoración, un golpe súbito de nerviosismo durante el ocaso, y un estado de excitación nocturno, seguido de fuerte somnolencia durante las horas del día. Posteriormente degeneraba en locura y un rechazo súbito a levantar la mirada, especialmente de noche, así como reacciones de dolor intenso cuando se encontraban cerca de templos o iconos sagrados, los cuales intentaban destruir o manchar, presentando quemaduras severas cuando los tocaban. Al cabo de dos semanas, la mayoría terminaba lanzándose en cuerpos de agua, o enterrándose en vida en el suelo, con sus cuencas oculares mutiladas y presentando estigmas descritos como 'grotescos' alrededor de su rostro, asemejándose a una sonrisa retorcida, artificialmente ampliada para abarcar toda la extensión de los pómulos y casi llegando a los oídos.

Lo que tenía Leonzio en sus manos era la transcripción de un testimonio de un afectado por este mal, apodado Herejía de las Esferas, según sus descripciones. En todo el Stato da Màr3, se intentó encontrar a algún afectado para discernir la naturaleza de este fenómeno y recabar información que pudiera ayudar a combatirlo o contrarrestarlo. Al cabo de varios días de locura, se consiguió tranquilizar a una víctima en la etapa tardía a base de mortificación y aqua fortis, para que entregara detalles sobre lo que veía y cómo había ocurrido.

Nuestra tierra no acaba más allá de los pilares de Hércules en Gibraltar. No hay abismo en el mar, ni monstruos devoradores de embarcaciones ocultos tras la terra incognita

Me han mostrado lo que subyace en la bóveda celestial, y lo que reside allí, donde los ojos de los mortales sucumben ante la inmensidad.

He sido ascendido para echar una vistazo a los cielos como se me prometió, pero encontróme con un retrato pintado desde los mismos infiernos, una pesadilla viviente que enferma el estómago y depreda mis pensamientos cada vez que el cansancio me obliga a dormir. He visto el Más Allá, y oh Dios, ¡cuánto desearía expulsar esas imágenes de mi mente!

Ojos demoníacos, de colores extravagantes, observan desde todos los ángulos; una mirada burlona y traicionera. Sobre cada uno de sus irises se desdibujan paisajes horrendos, de todos los tipos y formas, albergando bestias ungidas en la lujuria por el sufrimiento y la futilidad de la mortificación.

He contemplado no solo un infierno, sino todos los infiernos posibles, millones de veces más vastos de lo que puede imaginarse. Verdaderos hornos que giran impasibles, que empequeñecen al Sol como nosotros a las hormigas. Les he visto explotar, un poder inmenso que retumba tan fuerte, que puede verse incluso de día.

Discos flotantes, de formas puntiagudas y mórbidas, donde las almas viven y mueren en sus incontables números, a cada segundo, devoradas completamente desde dentro por zarcillos negros y vacuos, mientras barreras enormes y simétricas se deforman y caen, como un bastión en una meseta siendo asediado y derribado.

En esta plétora de caos absoluto me encontré con los ejes que dirigían esta locura. Pero ¿qué era esto que miraba? Una ostentosa estructura de… nada en absoluto, pero sin embargo, era la entrada a la boca de la negrura total. No podía verse qué había más allá, pero su poder era claro, cuando ni siquiera las portentosas orbes de fuego infernal podían soslayar ser destrozadas lentamente ante su presencia. De las mismas se emergían pilares de luz que se extendían al infinito, carentes de virtud, sino portadoras de destrucción, cual dos lanzas que mutilan lo que venga a su paso.

Pero lo más desolador es que, todas estas visiones no son más que una nota al pie ante la frialdad y ubicuidad del eterno y helado vacío a mi alrededor. Tan carente de… todo, que perfora el alma como una estalagmita, donde nada existe, nada prospera, nada es. Y sin embargo, los ecos del más allá me acusan, y me increpan por lo que soy, por lo que no soy. Mis jueces, mi jurado, mi verdugo, emanados desde la cuna de la aversión, cubriéndome como una manta de inquina, y ni ella me protege del frío. ¿Dónde está Dios todopoderoso? ¿Es el abandono de la creación una verdad dolorosa y condenatoria?

Ahora los veo, imponentes, cada vez que el ocaso da paso a la noche, y las esferas vibran, giran y se desplazan, hablando sin lenguas pero diciéndome lo insignificante que soy, lo desdeñable de mis logros, mi vida, y, lo que más pesa sobre mi conciencia, lo irrisorio y exiguo de la salvación, incluso lo inútil del castigo eterno. ¡Oh cómo palidecen las cuestiones celestiales ante estas visiones! ¡Cuánto odio proyectan en mí los visires luciferinos de las esferas y el vacío!

¿Qué es Dios ante la cacofonía que está sobre y bajo nosotros?

¡Las promesas eran falsas! ¡La lucha, el sacrificio, la sangre y las lágrimas no tienen recompensa! ¡Los cielos no existen! ¡Un frío y punitivo vacío es todo lo que recibe, con sus imponentes e inmisericordes brazos, para abarcar todo lo que existió y existirá! ¡Sé cegado por la luz, y arrójate a la indecible e inefable oscuridad sempiterna! ¡Obsérvala con tus propios ojos cuando caiga la noche!

¡No hay cielo más allá!

Esta última frase se repite al menos diecisiete veces, con un tono cada vez más estridente en la voz. La víctima procede a reaccionar con un violento rechazo ante nuestras plegarias, para posteriormente, proceder a arrancarse los ojos en un frenesí descarnado. Al cabo de unos minutos, la víctima yace sin vida en el suelo.

No ha sido el único hombre afectado por esto.

Desconocemos qué es lo que han visto, qué artimañas se han gestado en nuestro sagrado suelo, pero hemos tenido informes de al menos otros veintiséis sujetos, en su mayoría mercantes, que han tenido las mismas visiones. Delirios más allá de la comprensión, aunados en mentes serenas por sortilegios heréticos e influencias hadeicas. Hemos encontrado sus cuerpos lejos de las orillas de los puertos, con sus embarcaciones intactas, errabundas en la costa.

Enviamos esta premisa para solicitar sanción de una compañía de ejecutores para observar y estudiar mejor estos brotes. Sea lo que sea esta Herejía de las Esferas, podría ser el primer paso de una eventual manifestación sectaria en la península. Hemos sancionado algunas directrices para el estudio y la contención de este fenómeno:

I - Se autoriza a la Cofradía de los Caballeros de San Jorge a enviar compañías a proteger y vigilar a los navíos mercantes, permitiéndoles subir a bordo, así como supervisar los intercambios. Esto también les permitirá recabar información sobre el fenómeno en toda la extensión del Stato da Màr, así como cualquier testimonio que resulte de utilidad.

II - En conjunto con la Militia Rodiensis Hospitalis S. Ioannis4, se autoriza la detención de posibles afectados por este fenómeno para su interrogación y tratamiento adecuado. Se levantan las restricciones respecto al uso de reliquias santificadas de ser necesario, así como rituales de mortificación. Se entregarán patentes de corso en el caso que un navío mayor se vea comprometido ante el fenómeno.

III - Se autoriza el empleo de fuerza no letal contra cualquier sospechoso de acciones hostiles hacia lugares sagrados, así como iconoclasia.

IV - Se envía a la Cofradía a proteger presencialmente el Palacio Ducal en las islas. La seguridad e integridad del dogo es de importancia vital.

V - Se autoriza a llevar a cabo cualquier estrategia con la finalidad de silenciar rumores sobre este fenómeno. El decomiso de las posesiones materiales de las víctimas se realizará siguiendo los estatutos predefinidos por las autoridades eclesiásticas.

Este documento ha sido redactado el 28 de septiembre, 2146 AUC

Con la firma de Bonifacio IX en el pie de la misiva, junto a dos sellos. Leonzio estaba intrigado, pero al mismo tiempo, algo le preocupaba. A diferencia de las otras amenazas que combatió durante su carrera, ninguna era tan sutil, tan insidiosa. Los demonios claramente eran seres cuidadosos, como depredadores en la mente, esperando a los momentos de debilidad.

Esa noche, Antonio Venier5 salió al balcón de su Palacio Ducal a tomar aire fresco con la maravillosa vista de la costa entre las islas. Ese día, ninguna nube surcaba los cielos, y las estrellas se veían frondosas en el firmamento. La quietud de los cielos saludaba a los ojos de quienes miraban allá. Una embarcación de la Cofradía llegaba a sus tranquilas costas, y ocupaba posiciones de guardia en complementariedad con los ya apostados allí. Algunos de ellos se dirigían directamente a sus aposentos.

Leonzio se presentaba ante Antonio, mientras miraba el cielo nocturno desde la inmensa ventana del otro lado. Poco sabía él lo ocupado que estaría junto a su compañía en los días que vendrían…

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