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A bordo de un jet híbrido hipersónico de gran altura, cruzando el Océano Atlántico, cerca del Mar Caribe

00:00:00

Andrey Stidav ignoraba la bella vista luminosa del mar bajo su asiento, desde donde la suave curvatura terrestre dibujaba el umbral entre el espacio y su lugar de nacimiento. La vieja Rusia no estaba a la vista, dando inicio a un nuevo día en contraste con la vigorosa iluminación de las metrópolis que les saludaban del otro lado. Su cuerpo aumentado, mayormente cibernético y la miríada de implantes de preservación redundantes contrastaban con el semblante de un Richard Dunwich absorto en su ventanilla, mirando la penumbra desplazándose sobre el orbe terrenal. De alguna manera, se veía venerable, como luciría un sabio anciano de las viejas artes, pero con un aspecto medianamente jovial que Stidav no se explicaba. Conocía a los taumaturgos, un arte que desdeñó en sus viejos años de servicio en la Coalición, favoreciendo las herramientas físicas y las capacidades mundanas del ser humano. Pero desde aquel fatídico día, y la infinidad de luchas que le siguieron, tuvo que aceptar su propia fragilidad humana, cuando lo poco que quedó de sí debió ser dolorosamente acomodado en un traje autónomo, primitivo para la época, pero que le permitió continuar una vida en relativa dignidad. Cada dolorosa actualización había valido la pena, pues no solo estaba vivo, sino que se sentía vivo. En un mundo donde la vida reina con las garras de un dictador sedicioso del que es imposible escapar, había que agradecer dichas pequeñas misericordias, aunque envidiara la jovialidad natural de su compañero de misión.

Tristemente, Stidav se percataba de la poca suerte que tenían otros. El Día de Muertos, con el tiempo, fue mutando y ampliándose, abarcando sentimientos de compasión, resignación, y la búsqueda de un mejor mañana; si bien su significado original seguía impertérrito entre la multitud de sincretismos humanistas y ecologistas que le rodeaban. Los muertos eran recordados, y se creaba la retórica de que, así como los vivos nunca podrían morir, tampoco lo haría la memoria de los que se habían ido, antes que las fauces de la vida se cerraran forzosa y permanentemente. Era la conexión entre dos mundos, separados por un gran muro, pero el cariño y el cuidado permeaban entre ambos en un acuerdo tácito.

Andrey miraba un reportaje en su computadora sobre El Gran Encuentro, como se denominaba ahora a dicha celebración, la cual duraba una semana entera. Podían verse personas que en otras condiciones no deberían existir, mas ahí estaban, aferradas a la vida contra su voluntad, felices, añorando el pasado y dedicando cándidas palabras a sus ancestros. Entre víctimas de enfermedades degenerativas, accidentes graves, e incluso, una mujer embarazada cuyo hijo jamás podrá dar a luz y tendrá que vivir en su interior indefinidamente, Stidav valoraba más haber tenido una segunda oportunidad.

—A veces pienso que la vida es cruel, actúa como un tirano despiadado, ¿cómo es posible que esto sea el resto de nuestro tiempo? —decía Stidav, señalando su pantalla. Dunwich entrecerró los ojos, enfocándose en las imágenes.

—Hay quienes dicen que la vida no tiene ningún propósito, pero la verdad es un poco más compleja; tiene muchos significados, contradictorios entre sí, y todos ellos residen en nosotros… —replicó Dunwich, mientras ampliaba la imagen de la mujer embazarada con dos dedos. —¿Cuáles serían las inexplicables razones de vivir para un niño que jamás podrá mirar el exterior ni conocer el rostro de su madre? No lo sabemos, pero existen, y son igual de válidas e importantes en estas circunstancias. ¿Cuál es tu razón para seguir? —preguntó, en un intento de mantener la conversación.

—Que… al menos puedo contribuir a que las vidas de otros sean mejores —replicó Andrey, algo confundido. —¿De verdad crees que esto vaya a funcionar?

—Es una oportunidad única, tenemos que probarlo —respondió Dunwich, en su característico optimismo. Después del evento Omega-K y todo lo que le siguió, al cabo de setenta años, Dunwich conoció, al igual que Andrey, su propia fragilidad humana, siguiendo un camino diferente. La vía natural y la alquimia interna ayudaron a preservar su jovialidad y su sanidad mental; él sabía que, en el gran esquema de las cosas, era igual de débil que cualquier humano no anómalo, pero en lugar de protegerse en un negacionismo ingenuo, eso le hizo ser espejo del resto de la humanidad, y le entregó un propósito, el mismo que intentaba compartir con Stidav durante esta operación.

—Además, no podemos perder este día. El siguiente eclipse total de sol en esta zona, en estas fechas… será en dos siglos. ¿Tendrás la paciencia de esperar tanto?

—Tal vez para entonces esté desvariando en un mundo simulado, bebiendo vodka virtual y jugando ajedrez con una recreación de Garry Kasparov si hubiera vivido cien años, mientras sueño proceduralmente con fantasías en capas y capas de circuitería amarga. O tal vez esté convertido en una máquina sirviendo los cafés y diciendo "Gracias" con una voz monótona que ni siquiera me guste —replicó Andrey, seguido de un resoplido, insinuando una carcajada.

—Diría algo para animarte, pero ya sabes que detesto el café… —respondió Dunwich, tras lo cual ambos rieron un buen rato.

Entre conversaciones oscilantes que iban desde filosofía a carreras de galgos, un mapa de la ciudad de Guadalajara se desplegaba frente al monitor frente a ellos, con una gran cantidad de figuras geométricas superponiéndose en un orden específico. Era el momento propicio, después de décadas de planificación y ejecución, para salir a encontrar a aquella que se había perdido. Antes temida y mirada con confusión y negación, ahora buscada, como una vieja amante desdichada que desaparece luego de una cruenta ruptura para no dejar rastro.


En un lugar indeterminado de las Islas Feroe, a 1 km del GOCA-Xanadú

00:19:14

Entre unos incómodos pasillos, el Equipo de Ataque-1374 "Primera Ley de la Metempsicosis" luchaba una improvisaba refriega en un ambiente impasible.

Los Tipos Verdes, con el paso del tiempo, se iban volviendo más y más locos, ante su propia inmortalidad forzada. Desde el 2020, con el suicidio de Verdes reduciéndose a cero, se complicaron las operaciones de neutralización a cotas impensables. La eliminación directa no era ya una opción, y los efectos secundarios de intentar aplacar sus cerebros obligaban a emplear tácticas laterales para evitar resultados catastróficos. Incluso si sus cerebros eran desintegrados átomo por átomo, de alguna manera, sus consciencias permeaban los lugares alrededor, generando efectos caóticos y aleatorios allí, donde la materia pasaba a ser un mito y la física se rebelaba abiertamente en el mundo, sin posibilidad alguna de apaciguarse. Incontables Equipos de Ataque y billones de dólares en equipos se perdieron en esos oscuros años.

El impacto de ello fue tan grande, que la Fundación tuvo que apoyar a la Coalición a elaborar un nuevo procedimiento de emergencia, ya que el viejo Procedimiento Pizzicato era impracticable en estas circunstancias. Se bautizó a ello como el Encuentro de Liechtenstein, y el nuevo procedimiento se nombró como CONTRAPUNCTO, el cual sería llevado a cabo por ambas organizaciones, en un tándem creciente de 7 niveles de progresión que asegurarían la normalidad, pero la activación de cada nivel tendría grandes consecuencias para la realidad misma.

La proliferación de Tipos Verdes obligó, por un tiempo, a fijar el estado de respuesta mínimo a CONTRAPUNCTO 2, y con cada prueba fallida de neutralización, fue necesario subirlo a un peligroso CONTRAPUNCTO 4. Dichas circunstancias hacían el vivir complejo para los ciudadanos fuera del Velo, y poco a poco, la sociedad y la economía se resentían. Hasta que, tras una década, un ex-líder de campo PHYSICS llamado Charles Sharp ideó los Enclaves de Cronoinercia, como resultado de investigaciones respecto a las Anclas de Realidad Scranton. Contendrían a una entidad dentro de una burbuja de tiempo que simularía todo un entorno en la mente del manipulador, para mantenerle cuerdo y estable, y su construcción les hacía prácticamente invulnerables. Gracias a ellas, la neutralización de Verdes se hacía más efectiva, permitiendo volver al estado CONTRAPUNCTO 1 en pasividad.

No obstante, eran trastos complejos de transportar, y nunca era fácil atraer a la para-amenaza dentro. El hijo de Charles, Francis Sharp, apodado F♯, dirigía una serie de drones al interior de una mansión de seis pisos mientras se infiltraba dentro junto al resto de su equipo. Los trajes de infiltración Mk VII habían evolucionado para otorgar invisibilidad cuasi-absoluta, atenuando tanto el espectro electromagnético como el etéreo, e incluso simulando el ruido cuántico que empleaban los manipuladores de la realidad para detectar la presencia de objetos y personas. Desde ΩK, los Equipos de Ataque fueron reformados completamente para enfocarse en operaciones encubiertas y evitar exponerse tanto como fuera posible. La letalidad se transó por preservación, pues cada operativo era invaluable, y el desarrollo de las inteligencias artificiales aún tenían un largo camino para lograr emular el rendimiento de un humano en el campo. De esta forma, los Equipos de Ataque creaban lazos muy fuertes, y la vida tenía un valor mucho mayor. Nadie era prescindible ahora.

Una vez dentro, los drones trazaban miles de potenciales planes de escape, simulando todos los posibles resultados del encuentro, el cual tenía como resultado final la captura de la entidad con la mínima de efectos colaterales. De esta manera, F♯ y su equipo se separaban en dos grupos, confiando a su compañero, Siegfred, el liderazgo de la otra mitad.

—15 minutos, ni más ni menos. Necesito que cada uno se encuentre en la posición asignada para cuando el cronómetro llegue a cero. Sin errores. Me encargaré de dejar al que se equivoque fuera del torneo de waterpolo. ¿Entendido?

—Sí señor —replicó al unísono el grupo Baker, con Siegfred encabezando la subida por las grandes escaleras al segundo piso.

—Los demás, conmigo —dirigióse F♯ a su escuadrón, preparando sus visores y equipamiento tangencial, mientras levemente se hacían invisibles, salvo por un detector de firma genetoetéreo que entregaba sus ubicaciones entre sí. Sus pasos ahora estaban insonorizados. Las turbulencias del aire al desplazarse ajustadas, incluso sus auras etéreas silenciadas al exterior. Lentamente, se dirigían a puntos específicos de la gran mansión, y los calibradores de dimensionalidad de Dijkstra ajustarían las rutas del otro equipo. La estructura era un gran cúmulo fractalizado de direcciones, desdoblado y compactado para asemejarse a una residencia, pero sus pasillos y recovecos infinitos engañaban a una vista anclada en el espacio tridimensional. Perderse en un espacio insondable, añadido a una imposibilidad de morir, le hacían una prospectiva indeseable para cualquiera.


00:26:22

—Hemos fijado la ruta del DISK para que haga el tránsito lunar en el momento en que comience el eclipse. Su posición estará en la superposición del sistema Sol-Luna-DISK-Tierra durante 1 hora, 54 minutos y 17 segundos. Creemos que es tiempo suficiente para llevar a cabo la operación con éxito, señor —decía una figura ataviada en una bata de color negro que Dunwich no reconocía. Se veía experimentado, con un semblante de agotamiento que no se molestaba en disimular.

—¿El tránsito será sincrónico durante la totalidad del evento? —preguntó Andrey, desde su asiento. —El tiempo efectivo de operación dependerá de que el sistema se mantenga al menos en penumbra sobre la ubicación a intervenir.

—El tránsito ha sido fijado para asegurar un 99,4% de sincronía con los cuerpos. Debido a limitaciones relativistas, nos es imposible asegurar mayor alineación —respondió la figura, mientras hacía unos cálculos rápidos. —Su tiempo efectivo sería de 1 hora, 53 minutos y 35 segundos. Esperamos que esto no afecte en gran medida la operación. Les enviaremos los tiempos exactos de inicio y fin de penumbra y antumbra, para que los tengan presentes en todo momento. La antumbra durará 1 minuto y 43 segundos, y podrían experimentar algunos efectos inusuales durante ese intervalo.

—¿Qué clase de eventos? —inquirió Dunwich de forma repentina.

—Aún no hemos dilucidado la natualeza de los mismos, pero les mantendremos informados en todo momento. A continuación, les envío toda la información de Nivel 4 a sus bases de datos, ya les he otorgado permisos para visualizarla y emplearla. Hemos ajustado sus canales de comunicación encriptados con redundancias que modifican su codificación cada trece femtosegundos, por lo que sería… potencialmente nocivo para cualquiera que intente acceder a ellas. Siéntanse seguros de comunicarme cualquier inquietud que tengan.

—Muchas gracias, eh, señor. —respondió Dunwich, dubitativo.

—Por cierto, mi nombre es Seth Howard Cygnus. Un gusto conocerlo.

—Richard Dunwich, el gusto es mío.

Luego de despedirse, Andrey comenzó a revisar los documentos sobre el dispositivo de órbita alta DISK, el cual se asemejaba a un gran quitasol casi perfectamente circular. Había sido construido en el 2047 para usarlo como captador de escombros y chatarra espacial, hasta que varios departamentos de la Fundación propusieron otros usos potenciales para un trasto así, especialmente para contención y ocultamiento de fenómenos espaciales. Para sorpresa de Stidav, uno de las divisiones de la Fundación involucradas en su desarrollo era el Departamento de Alquimia.

—¿Por qué estaría interesado ese departamento en un frisbee gigante? —dijo Andrey, entre risas.

—En el espacio hay muchos minerales raros, tanto en meteoroides como en la composición de los viejos cohetes y sondas siniestradas en todo el tiempo de la carrera espacial. Los alquimistas reutilizan esos minerales para varios tipos de preparaciones. Además…

—Lo de los eclipses artificiales, ¿cierto? —interrumpió Andrey.

—Exacto, pero va un paso más allá. Así como puedes crear un eclipse artificial, puedes hacer algo que sería imposible que se produzca naturalmente, y que tiene un potencial esotérico que aún no ha sido conjeturado. —se apresuró Richard a comentar.

—¿Usarlo para crear un eclipse lunar durante un eclipse solar? —sugirió Andrey.

Dunwich resopló en señal de afirmación.

—Eso explica por qué nos proveyeron de tantos fondos… —dijo Andrey para sí, viendo cómo todos los eventos tenían más sentido. Habría un eclipse solar el día de hoy, y se induciría uno lunar al mismo tiempo, para un propósito desconocido. Al sopesar las implicaciones, Stidav llegó a una conclusión: sería un día largo y pesado.

—Supongo que la siesta puede esperar —dijo Andrey, mientras revisaba el resto de los documentos.


00:33:12

F♯ había guiado a su equipo a través de una muesca en un muro, la cual se ampliaba al acercarse a ella y revelaba tras de sí un sinnúmero de pasillos que rotaban y se retorcían súbitamente a la vista. Desde ahí, su equipo se dirigió a un estante lleno de libros, los cuales cogieron y comenzaron a leer por encima, mientras pasaban páginas rápidamente. Al levantar la vista, su entorno era diferente. Dejaron los libros y fueron a un lugar similar a una cocina, donde había un enorme horno industrial, el cual ocultaba otra entrada sin sentido en este laberinto topológico. Pero ese lugar era importante, por una razón muy particular. F♯ se contactó con Siegfred.

—¿Están en posición?

—Sí, en la sexta planta. Procedemos a entrar.

—Tres minutos. No se apresuren, necesitamos cogerlo en el momento adecuado.

—Afirmativo. Entrando en tres, dos, uno…

Siegfred abrió lentamente la puerta, donde encontró al Tipo Verde, durmiendo. Después del ΩK, la humanidad ya no conoció el sueño profundo, haciendo el dormir más bien un proceso consciente, como siempre han hecho los delfines. Eso significaba que durante el dormir, siempre se estaba alerta a los alrededores, y los sentidos amplificados de un manipulador de la realidad no eran la excepción. Con un inyector, uno de los miembros del equipo se acercó lentamente al sujeto, y procedió a inyectar un líquido sedante, con un sonido seco al fondo de la bombona.

—Inyecta el sedante lentamente, y a continuación retírate hacia la puerta —dijo F♯ mientras estudiaba la complejidad del espacio donde se encontraba.

Cuando hubo terminado, el operativo se alejó lentamente hacia la puerta, contando los segundos mientras lo hacía. En un momento, se topó con un desnivel que, aparentemente, no estuvo ahí antes. Un pequeño golpe con una superficie obviada, que alertó al sujeto y le despertó violentamente. Levantándose de la cama, y en un segundo, desdobló el espacio donde se ubicaba dicho desnivel, y se percató de ciertas irregularidades, rugosidades por llamarlas de un modo, dentro de su mansión. Dichas irregularidades eran, en efecto, el escuadrón de Siegfred, el cual, al saber que habían sido descubiertos, realizó una maniobra al unísono. En un mundo donde incluso la más avanzada tecnología tangencial podía no ser del todo infalible, había un elemento que, para estos casos, era una herramienta fiable como pocas.

Granadas aturdidoras.

Rápidamente, el espacio alrededor mutó de forma repentina, con diversos muros, pisos y techos intercalándose e intercambiando posiciones. Los giros y las rotaciones desorientaron a Siegfred y a su equipo, quien avisaba al equipo de F♯ en el proceso.

—Sujeto ahora activo, F♯, nos tendió una trampa.

—Mantengan la posición. No se muevan, el sujeto aún no les ha detectado.

F♯ observó el patrón de giros en su calibrador dimensional, y seguía sus contornos. Había un punto de interés, de color rojo, al cual no podían acercarse de ningún modo dentro, pero la confluencia aparentemente aleatoria provocada por un Verde aturdido y confundido había trazado un patrón involuntario que daba directamente hacia él.

—30 segundos, ubíquense en posición, con cuidado y lentamente —dijo F♯ al escuadrón de Siegfred, quienes se ubicaban formando un círculo mirando al interior, tan cerca uno del otro como les era posible. Todo mientras el espacio convulsionaba a su alrededor.

F♯ contó regresivamente hasta llegar a cero, y pulsó un botón. Por un momento, la realidad volvió a mutar. Siegfred observó a su alrededor, y vio cómo la ilusión lentamente cedía, la cordura gobernando una vez más. No podía comprender nada. Cada misión de liquidación era impredecible, jamás sabías lo que pasaba, pero la confianza en Sharp le daba un férreo asidero a que, pasara lo que pasara, siempre saldrían de los problemas. Así lo habían hecho siempre.


En un lugar desconocido en los Estados Unidos

00:43:50

Los planes de contingencia estaban ya activos desde el Mando Superior. La operación NUEVO SAMHAIN inaugurada, sin una fanfarria, sino con una sobriedad característica de una organización detrás del Velo.

Desde el eclipse solar de 2024, el Departamento de Defensa de los EE.UU. comenzó a indagar en aquellos extraños sucesos, aprovechando además de ejercer un poder mayor sobre la información de las diversas agencias espaciales en el mundo bajo el estandarte de la seguridad nacional. Al cabo de tres años, Pentagram, su rama esotérica, halló unos resultados interesantes, aunque insidiosos, sobre los picos de actividad anómala hostil durante esos períodos. Dado que los eclipses son fenómenos predecibles y regulares, dicha investigación culminó en la operación NUEVO SAMHAIN.

Daniel Dirichlet, miembro del equipo de investigación, buscaba lugares y espacios donde pudieran darse estos fenómenos y anticiparse a ellos. Pese a formar parte de un organismo nacional, tenían que mirar en todo el globo: después de todo, mientras más información, mejor preparados estarían.

Para ese entonces, la Red era un lugar omnipresente en las vidas de todos, pero existían capas sobre capas de la misma cubriéndose unas sobre otras. Había lugares en los que ni las computadoras cuánticas podían mirar, y rincones no aptos para la vista.

Existía una red profunda denominada como Cocytus, muy por debajo de otras redes empleadas para movimientos transaccionales y tráfico de órganos. Tanto así, que se decía que para poder ingresar se necesitaban tanto un ritual de expiación antes y después de ingresar a Cocytus, así como un sacrificio humano. Obviamente, esto último ya no era posible, pero bastaba emplear un resonador y una placa de Petri llena de células madre humanas clonadas para conceder su análogo a una clave de acceso.

Cocytus era un lugar oscuro y taciturno. Casi nadie entraba allí, y solo se veían datos aleatorios, producto de contragolpes en la realidad, que eran absorbidos por la desconocida maquinaria esotérica que lo ponía en marcha. No se sabía casi nada sobre el origen de Cocytus, su funcionamiento o su propósito; solo estaba ahí, y era usado por agencias esotéricas para compartir información de alto secreto que ningún ordenador de ningún tipo podría hackear jamás, pero debían usarse filtros cognitopeligrosos de gran calibre al entrar allí, pues a menudo, se encontraban con retazos de información infecciosa que podían ocasionar más de una calamidad. Los contagios con Víruses de Interfaz Orgánica y demás malware demónico/tartárico traían consecuencias que, añadidas a la carga de estar forzado a la vida, suponían el peor final para una carrera profesional. Trabajar para una agencia esotérica nunca era seguro.

Había hallado un registro de contragolpes masivos en varios lugares del mundo, haciendo hincapié en uno que parecía haber ocurrido en dos lugares al mismo tiempo, en la costa de las Islas Feroe, y en España. Habían marcas de contragolpes desde Tierra del Fuego hasta el Circulo Polar Ártico, cuyos residuos eran filtrados sistemáticamente por círculos de transmutación redundantes y custodias físicas y etéreas. Rápidamente, Daniel guardaba los datos en contenedores sacralizados de datos, mientras se apresuraba a tomar notas. La temperatura descendía rápidamente cada minuto que se estaba conectado a Cocytus, por lo que no se podía perder tiempo allí.

Poco antes de terminar su sesión, recibió un mensaje. En esa red tan desolada y peligrosa, detrás de las antinaturales máscaras de red, todo mundo conocía a los demás usuarios, así que lo que tenía que decir este sujeto era preocupante. Había un intruso no identificado, que, en un intento de rastrear, provoco un fallo crítico en los ordenadores que desintegró a tres personas, y provocando que sus agónicos gritos fueran reproducidos sin cesar en la habitación donde se encontraban.

Lo único que se consiguió de él fue una marca que rezaba sobre "El sol de la Noche que nos halle puros", seguido de una gran variedad de insultos en lenguajes extintos que ardían la vista al mirarlos. Rápidamente, los secuenciadores de alerta primarios se encendían, habiendo ya una temperatura de -15°C en el lugar. Daniel cerró su sesión, y rápidamente salió a ejercer el ritual de expiación, mientras temblaba de frío. Siempre odió cómo las sensaciones externas se atenuaban dentro de Cocytus: un día se encontraría con medio salón en llamas y él no se percataría por estar mirando al abismo de las redes.

Tenía varios emails que enviar.


00:49:21

La 1374 se encontraba en una cubierta metálica, con los miembros del escuadrón de Siegfred rodeando una columna blanquecina con una rugosidad dolorosa. Ninguno de ellos estaba familiarizado con el patrón Weierstrass de impresión metálica, ni con el agudo toque de la extraña aleación que la componía. Conseguir un Nivel Q era muy difícil en estos días.

Tres metros al frente, estaba el equipo de F♯, mirando atentamente. Sus relojes estaban 16 minutos adelantados al de la cubierta del GOCA-Xanadú, lo cual era usual durante las aportaciones taumatúrgicas. A la derecha de F♯, estaba el Operativo "Swan" observando una barra horizontal sobre la columna que lentamente se llenaba hasta alcanzar el tope, acompañada de un pitido suave.

—¿Qué es esto? —preguntó el Operativo "Teflón", al lado de Siegfred.

—Esto, mi amigo, es un Enclave de Cronoinercia, o "crono", como los llamamos para abreviar… —respondió F♯, intentando esconder una sonrisa de complicidad. —Nuestro amigo el verde verduzco está aquí dentro, jugando a ser Dios dentro del espacio que es su mente. Por cierto, te aconsejo no acercarte mucho a la superficie, duele bastante y te rasgará la ropa.

—No entiendo nada, ¿qué está pasando?

Los miembros de la 1374 miraron dentro de la cámara, la cual levitaba levemente del suelo gracias a un módulo de tracción magnético. Dentro estaba la para-amenaza. Se veía igual que cuando la hallaron, en posición de meditación y con los ojos cerrados, completamente inmóvil. El Tipo Verde estaba efectivamente neutralizado, y sería llevado a un lugar profundo y secreto donde sería almacenado junto a los demás, hasta el fin de los tiempos.

Siegfred miró a F♯, y sonrió para sus adentros. "Pero qué bastardo", pensaba, a sabiendas que todo había salido bien. Insistía en que nunca sabía qué trucos urdía bajo su manga, pero si eso significaba no lamentar bajas, no tenía por qué saberlo. Estaba feliz de trabajar con un mago.

—Venga, vamos a beber algo, me muero de sed. Dejen de abrazarse, señoras, vamos… —resopló F♯. —…y por cierto, bienvenidos a la 1374, ¡enhorabuena! Ya han pasado su iniciación. Ahora a relajarse.

El relajo era deseable y reponedor, pero siempre efímero. En un mundo agitado por anomalías e inmortalidad, no había tiempo para descansar. La 1374 se conformaba de una élite desde varias compañías huérfanas, pero incluso los diamantes más duros debían ponerse a prueba ante una presión inconcebible.


00:52:37

—¿Ya se acabaron las cervezas? —preguntó Stidav, confundido, con media cabeza dentro del minibar.

—No quiero que bebas, ya vamos a llegar… —respondió Dunwich, distraído mirando al exterior por su ventanilla.

—Vamos, no me voy a emborrachar. Tampoco es que pudiera, mi hígado procesa lo que sea —replicó Andrey.

—Excepto los protocolos de trabajo en campo, al parecer —rió Richard, mirando la hora.


00:57:41

En algún sector residencial en Teruel, España

Entre el escaso ruido de la ocasional sirena de patrulla policial o ambulancia, la calle estaba absolutamente silenciosa, excepto por los gritos de un chico de no más de 20 años trasnochando en una partida en red con sus amigos (y no tan amigos). Reñido en una competencia dura, sus ojos estaban fijos en una pantalla frenética donde miles de cosas ocurrían al mismo tiempo. Movimientos fríos, calculados y raudos, que le acercaban a una victoria segura.

Sin siquiera habérselo esperado, un extraño acontecimiento le hizo víctima.

F♯ sabía perfectamente de los contragolpes de las aportaciones, incluso de las más pequeñas, pero era algo casi imposible de rastrear o controlar más allá. Su movimiento había hecho aparecer un ejemplar de búho no autóctono delante de este iracundo chico, justo enfrente de su pantalla. Un segundo que perdió el rastro de las acciones de su oponente y, en consecuencia, le dejó en desventaja.

Sus gritos de ira eran respondidos por la frustración de sus compañeros de equipo a través del canal de voz, y de burla por parte del equipo contrario, mientras en un ademán brusco echaba al ave por la ventana. Mientras se alejaba hacia un árbol cercano, se oía otro grito, esta vez perteneciente a una mujer adulta.

—¡Apágalo! ¡Apágalo ahora mismo!

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