Subrutinas de una Realidad - Prólogo*
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El moderno tranvía de levitación magnética surcaba raudo las despejadas vías a través de las ramas universales. Maximus no podía evitar que el diáfano recubrimiento de metamateriales en su vagón provocara que frescos rayos de sol se proyectasen directo a sus ojos, impidiéndole dormir como esperaba. Había sido un viaje extenso, luego de pasarse unas horas dando con la entrada dimensional en la isla de Portland; no había sido fácil, no porque no tuviera las capacidades para ubicarla, sino porque debía encontrar a las personas adecuadas para inmiscuirse en sus redes privadas y mirar sus conversaciones. Anartistas, multimillonarios excéntricos y próceres de la vanguardia tecnológica, que hacían sus negocios en aquella ciudad y le proveían de coordenadas exactas.

Sonriente, Maximus recordaba su participación en una competencia libre y hackatón sobre Inteligencia Artificial en Londres. Pese a que sus habilidades con el inglés estaban bastante a mal traer, no era un problema para alguien capaz de programar un traductor en tiempo real mientras esperaba a que su pizza de la mañana terminara de calentarse en su microondas. Así consiguió inscribirse y liderar un equipo de jóvenes promesas en la informática, que buscaban ganarse unas becas en prestigiosas universidades del sector. Aprovechó las charlas para echar una siesta rápida, y se fue con su grupo a ponerse manos a la obra con el tema que les asignaron.

Él nunca fue bueno con la colaboración, siempre hubo trabajado a solas, y rara vez hablaba con la gente cara a cara. Afortunadamente, sus compañeros eran muy tímidos, así que armaron una sala de chat y hablaron por ahí. Él les pidió tareas sencilas a sus colegas, mientras se chasqueaba los nudillos y se preparaba para lo mejor que podía hacer: programar.

Sus tecleos eran como una ametralladora escupiendo instrucciones. Sus compañeros le miraban atónitos: les habían dado dos horas para producir un prototipo, y él ya había terminado en apenas veinte minutos. Una unidad capaz de entablar conversaciones profundas sobre cualquier tema que escogieras. Por diversión, lo pasó a las computadoras portátiles de sus colegas, y se largaron unas buenas risas oyéndoles conversar entre ellos sobre temas banales y haciendo chistes.

Obviamente, su equipo fue el ganador. Los demás participantes reían y aplaudían el torrente infinito de conversaciones interesantes que salía de su programa, e incluso les hizo participar de una pequeña batalla de rap improvisada. Finalizando, su equipo obtuvo becas completas para estudiar en una respetada institución. Sin más preámbulos, le dejó su documento a un chico de un equipo vecino, y se marchó. Cambió los nombres de la base de datos para hacer pasar a ese chico como sí mismo, y esperó. No había más que hacer. Siempre llegaban los tipos en bata, administrando gases y confiscando equipos. No sería la última vez.

A Maximus no le interesaban las becas para estudiar. No solo por ser un autodidacta decidido, sino también porque nadie podía enseñarle ya algo que él no supiera. Cuando estaba aburrido, pasaba exámenes de admisión a escuelas de informática de todo el mundo. Stanford, MIT, California Berkeley, Harvard… la lista seguía. Durante años fueron un reto, pero ahora simplemente lo hacía por mero aburrimiento. Cedía su admisión a jóvenes prodigios, que harían grandes cosas, para llenar su cuota interna de filantropía. Él no estaba para eso. La realidad era otro código más a romper, y lo más importante, a optimizar.

Pero siempre fue una prima donna1. Aunque podía hacer las delicias de cualquier proyecto tecnológico, daba más quebraderos de cabeza que utilidad. Pese a su maestría con el código, no era alguien ordenado, y a menudo sus errores freían servidores y racks enteros, causando pérdidas considerables y apretando aún más las imposiblemente ajustadas fechas límite de sus compañeros de proyecto. Su aborrecimiento a toda forma de autoridad le hacía incompatible con un trabajo supervisado, con jefes e inversores imponiéndole restricciones, meros sabelotodos que creen que por tener cargos grandes y mucho dinero pueden manejarle como un luchador de boxeo.

Estaban los desarrolladores hechos para cosas grandes, aquellos que revolucionarían la industria, y luego venía él. Las venturas del hombre común eran mundanas y vacuas para alguien con una habilidad sin precedentes, así que emprendió un viaje para buscar algo en qué entretenerse. No tenía dinero, pero vamos, su cuenta podía llenarse con un par de morlacos cada tanto: el sistema criptográfico RSA era el equivalente a una reja con barrotes delgados y separados unos de otros, por donde podía colarse y cambiar algunos números. Siempre que no lo hiciera muy seguido y con sumas de dinero muy altas, no habría problemas.

Miró al exterior. Podía ver la silueta de una inusual urbe saludándole con los reflejos del sol en sus inmaculadas superficies. Tres Portlands estaba cerca…

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